Dos obras anteriores, como dos espejos enfrentados. Thomas el impostor es el reflejo, fiel e invertido, de El diablo en el cuerpo, vínculo entre Jean Cocteau y Raymond Radiguet —modelo de Orfeo que muere de tifus y «se convierte en una estrella fija». Mauricio Wacquez señala esto en el prólogo a la edición en castellano de la novela de Cocteau, donde afirma: «Thomas, decía Gide, es el niño que, a fuerza de jugar al caballo, se convierte en caballo».
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Lome
«Abre, obra, obre, ubra, abra, ebro»
Reinaldo Arenas, El color del verano
Lome es un hechizo de invocación, un gesto protector, un código, de reconocimiento, un salto y seña para entrar. Lome es un intercambio entre Élan y Pablo, un deseo de este, una distancia. Lome también es una doble caja escénica, donde trascenio, escenario, camerino y platea son intercambiables. Lome es la fantasía como salvación, donde el estigma ha sido transformado a través de una política inversiva. La nueva identidad ha devenido en crítica y subversión, la vergüenza en fuerza creadora, y lo abyecto en algo bello (Genet/Eribon), con su reflejo.
Lome es un juguete, una exposición epidérmica de dobles, de mecanismos de transformación, con tendencias psicoactivas. Testimonia que tanto pintar, moverse o contar historias son acciones corporales donde el gesto, la postura, el silencio o la mirada forman parte del significado. Lome capta fuerzas y transformaciones, en el sentido de ver las cosas como algo en constaste cambio.
Élan
La muestra comienza en un estudio durante el día, donde el dibujo es artificio e ilusión. Como el género, también es artimaña, en el sentido de algo construido, no falso. Opio de Cocteau, como parte de una red de imágenes elaboradas por el poeta que conducen a Orfeo desde Thomas el impostor, presenta un juego de palabras entre designio (desseins) y dibujo (dessins), en la sección «Los designios de mi pluma los oscuros dibujos de la Providencia». Élan trabaja este medio como un ejercicio de mano para abordar la identidad, igual «que una imagen reproductible copia de una anterior», y repensar el término «ilusión de género». Los dibujos, como continuación de líneas compañeras pintadas por las manos de otras, se despliegan en diferentes grados de pérdida de intimidad. La superficie del papel se muestra como un espacio en el que teatralidad, gesto o maquillaje (armadura) componen entidades que tienden a perder la forma (género), y conectan con las confusas figuras de aves que yacen en el suelo. Los dibujos son rastros de cuerpos, bacterias, raíces y hojas, calabaceros de Don Benito, espuma, apelan a la suerte, actúan como talismán o preludian la simbología animal de las siguientes piezas.
Hay un eco de las figuras alegóricas de las tumbas de la capilla de Medici en la escultura de Aida Moreno de Auguste Rodin, cuando el artista materializa el movimiento de la bailarina. Este ya ha pasado a otros cuerpos, como a los de las obras con las que Ossip Zadkine ha reinterpretado al escultor francés. Los pájaros del suelo, como versiones de un ser que padecen el efecto de la galería en su calidad de espacio transformador, surgen de una mezcla de líquidos con apariencia de escayola (soporte y expresión), perdiendo su forma, remitiendo al proceso y a un momento anterior (aún quedan restos del deshacerse en aquella nevera). Los pájaros, lo biomórfico enfrentado a la geometría del lugar, no están quietos, están constantemente conformándose, atrapando una nueva forma. Como en las Pasărea în văzduh de Brancussi, quien se concentró en el movimiento de las aves (no en su forma), quieren ser nuevas variantes, travestirse.
Volviendo arriba, frente a los dibujos, penden dos espejos dobles y contrarios, para hablar del descubrimiento del cuerpo, del artificio, de la ilusión de lo femenino o de la política de la pose. Estos espejos atrapatravestis han sido performados por Pakita (Doble reina), en una sala de la colección del MNCARS. Son como aquellos en los que Salvador Novo ve su calva por primera vez en un salón de belleza de Hollywood, consciente de una corporalidad que necesita cambiar. También como los que Cocteau incluye en Orfeo con «unos guantes para atravesar espejos como agua». Estos artefactos, que reflejan y reflexionan, también captan la pieza final de la sala: un telón descorrido que Élan llama «tela trucadora». Este «instrumento», cuyo origen se remonta al teatro de la Italia del XVIII, aleja y oculta (como una trucadora), da fe de lo diferente.
(Jorge)
La segunda sala es más nocturna. Night is kind, day is blue. La ficción, lo biográfico, la construcción fantasiosa de imágenes o lo quimérico se entrelazan ahora en lienzos. Jean-Luc Nancy entiende la pintura como el arte de los cuerpos, una práctica que aborda como piel. En su reflexión sobre la carne-pintura distingue: «el gran desafío arrojado por esos millones de cuerpos de la pintura: no la encarnación, donde el cuerpo está henchido de Espíritu, sino la simple carnación como el latido, color, frecuencia y matiz, de un lugar, de un acontecimiento de existencia». Los lienzos de Lome son testimonio de un pintar con la memoria e integrar el cuerpo, de rituales de la cultura popular o de formas de sociabilidad efímeras como la fiesta, a través de un grupo de entidades cómplices que toman forma animal. También hay dos estrellas fijas (como Raymond Radiguet cuando muere). Son los relojes de Élan, que funcionan en sentido antihorario y generan un tiempo travesti, muy corto, de anulación de normas, como una danza arrepentida (similar a borrar una decisión tomada mientras se pinta), como un eclipse. También son el Sol, igual que la carta del Tarot a la que una bruja llamó Élan. Estas estrellas sobre lienzo muestran las marcas de su proceso pictórico. Descubren las líneas reflejo de las posiciones del cuerpo al pintarlo, traducidas mediante instrumentos necesarios para su ejecución que le artista ha inventado.
En uno de los dibujos intercalados en las páginas de Opio de Cocteau aparece una estrella junto a su nombre, y la palabra Brest sobre la piel de una suerte de pecho-cabeza. Una fotografía en la sala, en su condición reflexiva, recoge una pose de Élan cubierta de formas que el sol proyecta sobre su cuerpo al cruzar por la persiana. Se trata de una imagen de contacto de diferentes superficies, como un «objeto hojaldrado». En la misma hay una cuidada femineidad clásica contradicha por el vello. Los rastros de sol, algo textil como de manchas de ciervo, vuelven a Élan un personaje construido para engrosar su «mitología híbrida de salvación», que ya anunciaba en los dibujos anteriores. Simula una criatura mitológica, un ser feérico rebelado contra la página en blanco. En la primera novela de Reinaldo Arenas, el personaje del abuelo derriba los árboles donde Celestino ha escrito sus poemas. Leemos: «Hachas. Hachas. Hachas […] tengo un miedo enorme de que algún día a Celestino le dé la idea de escribir esos garabatos en su propio cuerpo».
En lo gemelar del trabajo pictórico de Élan y su cuerpo en movimiento cuando performa, un segundo documento actúa de similar manera a la fotografía anterior. Se trata de un vídeo que muestra el cuerpo de le artista en un espacio privado, realizando una suerte de show íntimo frente a un amigo en un hotel, quien descubre el truco en la desnudez de Élan, «el candado chino del mundo travesti» (Lemebel). En la ilusión expansiva especular, de cambiar, ocultar y mostrar, la sala se cierra con dos espejos enfrentados, en la búsqueda del llamado «cuerno de Gabriel».
Pablo
«Sus amigos le admiran como a un Miguel Ángel moderno», dice Ignacio Zabala de Ocaña. El pintor romántico Pierre-Paul Prud´hon, nombre falso que utilizó para evocar a grandes artistas flamencos e italianos, no llegó a terminar El alma liberándose de los lazos que le atan a la tierra. La pintura representa un espíritu agonizante como un animal alado, que se eleva hacia el cielo mientras refleja la luz del sol. Como un cuerpo-espacio político, este bello ser se libera de las maldades de lo terrenal, que Prud´hon representada en forma de serpiente retorcida. En el opuesto especular, la exposición se cierra con la pintura de un cérvido firmada por Pablo. Se trata de la narración que el pintor nos cuenta sobre una experiencia que le ocurrió a Élan: «Al volver, buscando la salida, el bar se había llenado de cazadores. Se escuchó "¡Acho, soltad a los perros!" y todos los cazadores se giraron. Una cierva cruzó la sala».
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En Thomas el impostor, la novela sin dibujos que Cocteau escribe antes de Opio y Orfeo, el poeta, a través de la visión que sobre la guerra tiene uno de los personajes, manifiesta: «No pensaba en que, pronto, cazadores y piezas de caza se convertirían en plantas cara a cara, en hermanos siameses unidos por una membrana de barro y desespero».